Hace unos días, tan sólo en ese tiempo, caí en la cuenta de la cantidad de presiones que tiene una y que, de no liquidarlas por algún costado, pueden llegar a ser increíblemente contraproducentes. O no. Quién sabe.
Lo cierto es que, no se si por estos tiempos la prensa mental apretó más, pero la catarsis no llega, las manos se brotan y los herpes se acumulan.
El trabajo excelente, que puede dejar de existir, pero que no hay que aflojarlo porque sino es un seguro de no existencia. Las mil y una horas de las noticias de todos los colores. Mucha villa, mucha desnutrición, mucho hotel Alvear, y yo que me vuelvo en el subte después de todo eso y miro las caras de la gente de verdad.
El llanto en el auto junto a la fotógrafo luego de una nota de chicos desnutridos. Caer en la cuenta de la suerte con la nacimos muchos.
Justo al lado de eso, la depilación perfecta, las uñas grandiosas, el pelo impecable, la guerra perdida contra la celulitis y los ahorros para las comprar tetas. Vestirse bien, tener variedad, ojo con los accesorios, ojo con la decoración. Ojo con el maquillaje. Ojo.
Bajar de peso, no bajo de peso, tengo hambre, pero no tengo que comer. Poder mental.
Hacer gimnasia y que nadie lo vea. Y si lo ven, lo ven por unas horas. Estar linda. Ser inteligente. Pero no exageres, se asustan. No puedo evitarlo, se me nota la locura.
No tengo tiempo para ser tan linda. Y solo decir eso me hace menos inteligente. “Solo tenés un grupo acotado de hombres que puede estar con vos”, dijo sabiamente una de mis amigas. Me pregunto cuán acotado será. Por ahí ya pasaron, ya se fueron. Mientras tanto yo me broto las manos. Y esto que escribo, a duras penas, lo puede entender alguien que no sea yo. Me importa tres carajos.
No es cierto, me importa. Siempre importan los demás. Qué dirán los demás de mi ¿Seré linda, inteligente, loca, boluda, soberbia? Qué combo del carajo. Me parece que algunas cosas las tendré que cambiar. Qué miedo a quedarme sola, puta madre.
Me crecen las raíces del pelo. Me crecen las raíces de la ansiedad. Qué ansiedad. Qué bien que me hace escribir.
La realidad se me hace innegable. Y es tremendo que eso suceda. Mucha realidad en el espejo, en la calle, en la casa, en un cuarto. Qué felices son los despojados e ignorantes. Yo nací con el yunque atado a los dos pies. Estoy condenada a tirar.
Y el que lea esto se espanta. No se espanten, pero espantate. Nunca te espantes.
Llorar sirve. Mejor lloro un rato, me pongo crema en las manos para que se me renueve la piel del sarpullido.


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