Hay pocos lugares menos asquerosos que los baños de los boliches. El agua invade los rincones. No es posible apoyarse en nada. Es una fiesta germinal. Sin embargo, cumple uno de los roles más importantes en la vida de las mujeres: es uno de los gabinetes psicológicos por excelencia, luego de la peluquería.
Violeta se lamenta. Llora un mar de lágrimas al compás de “Soy Cordobés”, hitazo del difunto Rodrigo. El “Potro” latiguea su cabeza, que ya está cansada de pensar y fatigada por los Speed con vodka que tomo de los vasos ajenos de dos amigos.
Una silla de plástico negra y masticada en los bordes sirve de diván. Las psicólogas son aquellas borrachas que quieran opinar y decirle a la desdichada las frases más necesarias: “Ya vas a encontrar otro, es un pelotudo, un forro, un gonorréico, sumo pito corto, te vas a arreglar”, y la lista continúa.
“Yo lo se, siempre lo se. Se todo. Lo presiento. Nunca más va volver. La decimoquinta es la vencida”, grita la desgraciada mientras se agarra la cabeza.
Lo cierto es que Violeta no escucha y solo llora. Yo interpreto los sollozos, le cuento a la tribuna femenina la interminable historia en tan solo cinco minutos. Todas toman nota mental y hasta una que está haciendo equilibrio en el inodoro se atreve a acotar.
Hay análisis cortos, otros elaborados, otros silenciosos, otros obvios, muchos resignados. Variadas son las técnicas que dejan a Freud hecho un poroto.
Las mujeres somos así, unas guachas cuando del macho elegido se trata, pero unidas hasta el cansancio cuando vemos en el dolor ajeno un futuro deja vú.
“Qué carajo decís, no sabes, no opines” , Viole le grita indignada a una morocha borracha con jopo de teen angel.
La identificación es instantánea. Las mujeres que entran la ven y ya saben que pasa. Se delinean los ojos, se pintan los labios. Saben que en uno de estos días esa pintura va a estar corrida, en la misma silla de jardín. Mientras tanto se miran al espejo y gesticulan. “Que se mina escandalosa. Yo por ahora yo tengo pibe”, piensan algunas.
Al lado, el baño de hombres, completamente apartado de la demencia femenina, sobre todo de los planes y comentarios. Para ellos la meada es un trámite, justamente para lo que el baño está hecho. Pero las mujeres sabemos darle a TODO particulares significados.
El DJ no se cansa de la música cuartetera. La operación “calma” se hace cada vez más imposible. “No te puede hacer acordar Rodrigo”, dice una cree ser graciosa. “Me importa tres carajos si canta Madonna. Me hace acordar”, dice con una voz aguda y saturada, con toda la Violencia. Yo la miro, como si con eso la calmara.
Después de conclusiones iluminadas, creencias y verdades absolutas y sobre todo resignación llega la calma y con ella las ganas de comer un combo de MacDonald’s. “Que sean menos de las siete porque la caga a trompadas a la empleada del mes”, pienso mientras la ayudo a levantarse.
Logra incorporarse. Se mira. Me miro. Con un pañuelito limpia las lágrimas. Se acomoda el pelo hecho un quilombo. También las calzas. Desconozco sus impredecibles movimientos. Sale del baño y espera que algún conocido le alcance otro trago de Speed con vodka antes de ir a desayunar.
Por suerte, el DJ se copó con la electrónica.
Por algo habrá sido
Hace 1 día


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